viernes, agosto 26, 2016

Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, a vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad

 
¿Cuándo llegará el día en que la Humanidad entera esté libre y democráticamente unida bajo un gobierno mundial en el que reine la razón y los mejores sean elegidos para promover el bien común? Desde luego, eso no lo conoceré en mi vida. Eso ya lo veo claro. Quizá sea la única cosa clara que veo acerca del futuro.

Lo único claro a estas alturas de mi vida es que somos gobernados de un modo ineficiente por personas inadecuadas, y ni siquiera existe un movimiento intelectual para cambiar esta situación. Sólo movimientos revolucionarios que nos harían retrotraernos varias generaciones. La revolución sólo traerá variaciones de regímenes bolivarianos.

Con lo maravilloso que sería una Humanidad que no conociera otras divisiones que las meramente administrativas y todos los hombres nos consideráramos miembros de una gran familia. Un planeta en el que todos los problemas fueran abordados desde la más estricta racionalidad.

Un planeta en el que se promoviera la igualdad económica sin necesidad de quitar nada a nadie. Una sociedad en la que todos fueramos cada vez más iguales.

Un planeta en el que las confrontaciones nacionales fuesen consideradas locuras de tiempos más primitivos. Un tiempo futuro en el que las inmensas fortunas en manos de unos pocos millonarios fuesen vistas como algo de un supremo mal gusto, como un egoismo de urracas acaparadoras. Una sociedad en la que no se quitase nada a nadie, pero las grandes fortunas estuvieran socialmente mal vistas.

Un mundo en el que se buscase el bien de todos entre todos. Una Humanidad en la que, por fin, los problemas se abordasen de un modo global a largo plazo.

Hoy día los pequeños egoísmos lastran todo a todos los niveles. Los gobernantes no se ponen de acuerdo ni en las cosas más esenciales, combatiéndose sin piedad y sin decoro. Cuántas cosas se podrían hacer ahora entre todas las naciones, pero no se hacen. Cuántas cosas se podrían hacer en cada nación, pero el cortoplazismo las bloquea.

La única bandera que me gustaría algún día ver ondear con orgullo es la bandera de la Humanidad.

En fin, al menos nos queda podernos solazar con una música tan extraordinaria como esta banda sonora de Rachel Portman:

jueves, agosto 25, 2016

Así seré yo dentro de diez años, o quizá dentro de seis o siete años


Hace pocos días me vinieron a ver a mi iglesia una encantadora pareja. Él es director de orquesta. Durante la cena, le hablé de una obra de Manuel de Falla que a mí me ha parecido su obra más genial. Pero en ese momento no recordaba el título ni pude tararearla. Aquí, querido amigo, te pongo esta insuperable obra. Es el Concierto para Clave.


Es una composición formidable, grandiosa. Sigo todavía fascinado por la obra de William Byrd que os compartí hace pocos días. Fascinado y adicto: la escucho cada día no menos de treinta o cuarenta veces.


Joaquín Rodrigo, Manuel de Falla, Tomas Luís de Victoria, Cristobal de Morales, entre otros. Grandes compositores españoles. Verdaderamente grandes. 

Pero quizá ninguno tan buena persona, tan cristiano, como Manuel de Falla. Fue un gran compositor, pero fue más grande como persona. Religiosísimo y, al mismo tiempo, durante la guerra, trató de interceder para salvar de la muerte a cuantos republicanos pudo desde una posición modesta y que siempre había sido apolítica.

martes, agosto 23, 2016

La traición más grande y más cercana


Cuántos, cuántos, casos nos llegan a los sacerdotes de mujeres y hombres abandonados por sus cónyuges. Hoy me gustaría escribir algunos puntos de meditación por si pueden ayudar a alguien:

Dios sabía lo que iba a suceder cuando caminabas hacia el altar lleno de alegría e ilusiones.

Tu felicidad no depende de ningún ser humano. Búscala sólo en Dios. Él puede hacer brotar la dicha en el interior de tu corazón.

Al ser abandonado, comienzas el tiempo de una nueva vocación. Una vida más libre para poder dedicar más tiempo a lo celestial.

Lo mejor siempre es lo que Dios permite. Tus planes te parecen mejores, pero el mejor plan es el de Dios, aunque la soledad te parezca que destruye toda posibilidad de ser feliz.

Le diste lo mejor de ti y te abandonó cuando envejeciste. Tranquila, no has perdido nada. Dios te ha quitado un egoísta de tu lado. A él le castigará con dureza, con la misma dureza que tuvo para contigo. La maldición recaerá sobre él. Donde va, no logrará la felicidad. Vivirá, sí, pero sin felicidad.

Una última cosa, si se os ocurre un versículo de la Biblia que sintetice cada uno de estos pensamientos, por favor, decídmelo en los comentarios. Porque esos versículos los usaré en mis conversaciones con esas pobres personas abandonadas.

Precioso retrato de Catalina de Aragón, que nació en Alcalá de Henares


Hoy, cosa rara, no voy a hablar del Opus Dei. Hoy simplemente os quiero compartir una música que cada vez que la escuchaba me daban ganas de llorar.

Se trata del motete Domine secundum actum meum de William Byrd. Antes de nada, debo decir que nunca me entusiasmó la música de este músico del siglo XVI. No porque no fuera buena, sino porque al lado de otros contemporáneos y, sobre todo, de Tomas Luís de Vitoria, prefería escuchar a otros.

Pero hace unos días llegó una interpretación de ese motete que era sencillamente impresionante, capaz de petrificar a cualquiera. Sí, era la música de Byrd, pero interpretada con una voz, ¡qué voz! Y, al mismo tiempo, estaba la interpretación de la orquesta: ¡qué fuerza!, arrolladora en su contención, arrolladora en su lentitud, para la que no hay palabras. Nunca he escuchado sacar ese resultado final de una obra de Byrd, esa sonoridad, esa solemnidad lacrimosa.

Solemnidad lacrimosa, porque cada vez que la escuchaba no podía evitar el pensar que estaba escuchando el llanto de una nación. Byrd era contemporáneo de Isabel I. Esa música era el sollozo silencioso de un reino al que le habían robado su religión.

Oía la música y, de verdad, escuchaba a millones de personas llorando. Encima, al día siguiente, me enteré de que Byrd continuó siendo católico hasta el final de su vida. En fin, pulsad sobre este link y disfrutad de una música que, en verdad, yo la titularía Requiem por el reino de Inglaterra:


domingo, agosto 21, 2016

Se me ha llenado el blog de numerarios y supernumerarios


Me preguntaba hoy una médica vasca qué razón tengo para tener tan buena opinión del Opus Dei. Querida amiga, te voy a contestar con total sinceridad.

Una razón muy menor, pero muy menor, es lo bien que me caen los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz de mi diócesis; con tres soberbias excepciones.

La segunda razón es que la Obra ha sabido mantener un magnífico equilibrio entre el tradicionalismo de algunos grupúsculos y el laxismo tan imperante en los años 70 y 80. Ha mantenido una total fidelidad al Magisterio, pero sin los rigorismos que he visto en otros lugares. La vida que propone a laicos y sacerdotes, siendo exigente, no resulta opresiva. Gira toda ella en torno a un plan de vida de medidas perfectas.

Alguien podrá pensar que esto es muy sencillo de conseguir. En teoría sí, pero cuando tu institución se hace colosal en cuanto al tamaño e influencia, es fácil caer en mesianismos personales. El Opus, a estas alturas ya somos amigos y podemos abreviar, ha sabido evitar el caer en la adicción a las revelaciones privadas a las que tan aficionados son otros.

Después, eso es necesario reconocerlo, los del Opus son los mejores directores espirituales. Y no sólo eso, cuentan con todo un microcosmos de círculos, meditaciones, retiros y convivencias que apuntalan, refuerzan y consolidan cualquier conversión, cualquier deseo de ir más allá de una mera vida en gracia de Dios.

Eso puede parecer muy fácil de conseguir, pero no lo es. Reconozco que, por más que lo he intentado, nunca le he tenido devoción a San Josemaría. Y eso que no tengo la menor duda de su gran santidad. Algunos miembros sacerdotales de la Obra han tenido actuaciones bastante feas hacia mi persona. Pero siempre he distinguido entre la institución y las personas. Hacer esa distinción es una cuestión de mera justicia.


Post Data: Como recibo muchos comentarios acerca de cuál es mi opinión sobre el Camino Neocatecumenal, recuerdo que ya la he dado muchas veces. En este blog he hablado más del Camino que del Opus. Mi opinión del Camino es positiva y favorable, siempre lo defiendo. Pero mientras no sustituyais las canciones de Kiko por gregoriano o motetes de Tomás Luís de Vitoria, no os hagáis ninguna ilusión de que me haga supernumerario del Camino. 

Opus Dei: otro post, otro más

En un giro forteniano respecto a los últimos posts, voy ahora a ofrecer varias razones a favor de que el Opus Dei sea una prelatura y que su superior goce de la ordenación episcopal.

La primera razón es que si un obispo de una diócesis normal tiene unos 150 sacerdotes, no parece que sea desacertado que el que dirige a 1500 sacerdotes sea un sucesor de los Apóstoles. Podría, sí, ser un primus inter pares, un presbítero, el que lo hiciese. Pero una cierta razón de proporción parece aconsejar la episcopalidad de alguien que tiene un número tan notable de sacerdotes bajo su jurisdicción.

La segunda razón es que la no episcopalidad del superior de cualquier asociación no asegura para nada la ausencia de divergencia de orientaciones entre el pastor de una diócesis (el obispo) y el pastor de una asociación (el superior). Exactamente los mismos problemas pueden darse con o sin ese sacramento ornando la cabeza de un superior.

Con lo cual, frente a las razones que previamente he dado en precedentes artículos, yo mismo reconozco que existe una razón positiva de proporcionalidad y otra, digamos, negativa: no se resolvería ningún problema o peligro con la no-episcopalidad.

Esto que digo no es una contradicción de mis anteriores artículos. Ya he dicho que éste es un tema muy interesante, eclesiológicamente hablando, y lejos de mí pensar que yo tengo razón y los demás no. Hay una tercera razón a favor, y muy profunda, pero requeriría de un post entero para ella. Pero tengo mis dudas si no he abusado un poco de mis lectores con un tema demasiado teórico que quizá aburre a una parte de mis lectores. Porque no nos olvidemos que no todos mis lectores son canónigos, frailes ociosos y curas de mal vivir. Aunque parezca sorprendente también tengo lectores laicos. A veces también debo pensar en ellos.


Aunque me sorprende la afición a asuntos muy eclesiásticos que tienen mis lectores anticlericales y los comunistas. Les debe atraer la física de los polos opuestos. Mañana veré a ver qué hago. Ya se sabe que a este blog sólo lo gobierna el capricho.

Ah, una broma, insisto en que es una broma. Si hubiera sido Papa, hubiera ordenado que todos los miembros del Opus Dei se casaran con neocatecumenales para crear un híbrido, porque los híbridos siempre son más resistentes a las enfermedades. Aunque, a decir verdad, tampoco tengo muy claro que hubiera salido. ¿Tal vez la Obra del Camino?

viernes, agosto 19, 2016

Más sobre el Opus Dei


Sin duda, algún sacerdote de la prelatura del Opus Dei, al leer mis pasados posts, habrá pensado que lo que se diga en un blog no tiene mucha importancia. Que lo que realmente importa es lo que se dice en un artículo de una revista de teología o en un libro.

Como sé que alguno que otro piensa así, a la vieja usanza, me gustaría decirle que ayer en el blog entraron 6.288 personas. Por si alguien se pregunta si ése es el número normal de entradas, diré que las páginas de este blog leídas en los últimos 30 días son 140.190. Téngase en cuenta que hace años una edición normal de un libro era de 2000 ejemplares. Y ahora muchas son de menos de mil. Este humilde blog, ya tiene, para empezar, 1700 subscriptores fijos.

Digo esto, porque, honestamente, me gustaría que me hicieran un poco la pelota. No pocas veces, se invita a un cardenal a dar una conferencia a la que asisten cien personas, le invitan a cenar, le enseñan la ciudad y le pagan el viaje. Mientras que al pobre escritor al que le leen mensualmente, como media más de 140.000 personas le desprecian cuando pide una cita para pedir consejo sobre algún asunto. No diré nombres, pero no hablo por hablar: el pecado... no el pecador.

Digo esto no por regodearme (aunque también un poco), sino porque todavía se sigue pensando que un artículo en un blog es poco menos que un divertimento, y que lo que realmente influye e importa son los medios en papel: en papel y tinta.

Para bien o para mal, estos articulos rebotarán en las mentes de los lectores durante meses. Me quedo con la tranquilidad de conciencia de que sé que me puedo equivocar, pero son asuntos sobre los que he estado reflexionando durante años, aunque sólo ahora me haya animado a escribir. Intento escribir con una continua sensación de que debo ser muy responsable, de que no puedo hablar al tuntún. No puedo hacerlo cuando cada artículo equivale a cuatro o cinco ediciones de un libro de teología. Puedo equivocarme, pero no escribo lo primero que se me ocurre.

Hoy iba a argumentar justo en sentido contrario al de los días pasados. Es decir, me gustaría valorar las razones contrarias a lo que he dicho hasta ahora: razones a favor de la existencia de la prelatura y de que su superior sea un obispo. Sea dicho de paso, no voy a repetir las razones que se esgrimen en la Universidad de Navarra o en la Santa Croce. Van a ser otras razones que me convencen más.

Eso sí, nunca me gusta cansar a mis lectores. Así que tendréis que esperar a mañana. Una última cosa, he tenido mis traspiés con un cierto número de sacerdotes del Opus Dei. Pero siempre he distinguido entre las personas y la institución. Sé valorar muy bien lo que son actuaciones desafortunadas de las personas, frente a todo el bien que hace la prelatura. Lo que he visto me ha llevado a afirmar con toda claridad que considero que es, tal vez, la institución que más bien hace a la Iglesia.

Incluso diré, si me permitís una broma, que no conozco una prelatura personal más buena que ésta.

Además, no creo que sea verdad todo lo que se dice en El Código da Vinci. Por lo menos, no creo que el albino sea un albino auténtico.

Post Data: Sí, lo reconozco, he puesto la foto más rara que he encontrado del Fundador del Opus Dei. ¿Qué hay dentro del bote? ¿¿Una rana??

jueves, agosto 18, 2016

Las prelaturas personales, más cuestiones, más reflexiones


Estos días, en los corrillos romanos, se ha comentado la posibilidad de que monseñor Fellay acepte que la FSSPX se integre en la Iglesia como una prelatura personal. En mi opinión, si esa fraternidad se incorpora a la Iglesia, la institución canónica que mejor se adapta a esa realidad es la del ordinariato personal.

Si la fraternidad se convirtiese en una prelatura, como algunos han dicho, eso afectaría negativamente a la imagen del Opus Dei. Pues inevitablemente lo que se estaría trasladando a la gente común es la idea de que las prelaturas son instituciones-refugio para realidades eclesiales problemáticas. No es así. Pero difícilmente se evitará esa sensación.

Pero mi opinión es que el Opus Dei puede respirar tranquilo, la fraternidad será un ordinariato personal, pues es el molde jurídico que mejor se adapta a lo que ya son ahora.

Ahora bien, prosiguiendo con el artículo de ayer, ¿por qué los neocatecumenales no son una prelatura?, ¿por qué no lo son los Heraldos del Evangelio? Podríamos citar más ejemplos. ¿Es el tamaño el criterio? Todos dirán que no. Pero no veo qué es lo que diferencia a los Heraldos o a los Legionarios de Cristo respecto al Opus Dei para no ser una prelatura: tienen laicos casados, laicos consagrados, clero y un superior para todo el mundo.

Quiero dejar claro, una vez más, que considero al Opus Dei una de las instituciones que más bien ha hecho y hace a la Iglesia. Pero su peculiaridad en el ordenamiento jurídico de la Iglesia parece fruto únicamente de una decisión personal, más que un acto que refleje el ser de las cosas.

¿Sería bueno que el Camino Neocatecumenal fuera una prelatura personal? Sí, sería bueno si queremos escoger el camino más corto (la recta) entre la situación actual y el perfecto desastre. Ciertamente sería el camino más rápido en dirección hacia un barranco. Si en la Iglesia los superiores de cada realidad asociativa dotada de clero gozasen de una autoridad episcopal y fuesen ordenados como obispos, el resultado final sería una sinfonía de instrumentos desafinados.

A los grandes amantes del Derecho, no se les ha pasado por alto a lo largo de la Historia, la magistral estructura jurídica de la Iglesia Católica. Cualquier desviación de los pilares maestros del edificio conllevaría una peligrosa inclinación del edificio.

Precisamente, lo peculiar del obispo es ser pastor de todos, no de un grupo inserto dentro del rebaño. Si desplazamos el peso de la masa en el edificio, después necesitaremos contrafuertes. El edificio se mantendrá en pie, pero ya no tendrá la primigenia estructura simple y sencilla. En este caso, los contrafuertes serían las intervenciones directas de la Curia Romana y la posterior aparición de legislación delimitadora. La multiplicación de prelaturas implica la colocación de grandes pesos entre los pilares maestros.


Hasta ahora todo ha funcionado bien, porque el Opus Dei es una institución ejemplar formada por miembros ejemplares. Si las carmelitas descalzas juegan al parchís, todo será una armonía celestial, aunque las reglas del juego sean poco claras. Pero, como legislador civil o canónico, yo preferiría legislar para truhanes y conspiradores. 

Reflexiones eclesiológicas acerca de la naturaleza prelaticia del Opus Dei


Debo a mis lectores un post sobre la cuestión del estatuto jurídico del Opus Dei y el Camino Neocatecumenal. Una serie de razones ajenas al post me ha retrasado de hacerlo. Pero hoy diré algunas cosas escritas a vuelapluma a causa del post mío escrito ayer.

Los sacerdotes del Opus Dei siempre han afirmado abiertamente que sería bueno que hubiera más prelaturas personales en la Iglesia para que quedara claro que el status jurídico del Opus Dei no era una excepción. Pero eso plantea problemas no pequeños.

Primer problema: La misma razón de ser de una prelatura personal no es un asunto eclesiológicamente pacífico. ¿Realmente conviene que exista una realidad canónica a medio camino entre la diócesis y la asociación? Qué duda cabe que el mero hecho de la existencia de una prelatura plantea una cierta rivalidad eclesiológica con la figura de la diócesis. Qué duda cabe que la figura del prelado cabeza de una prelatura oscurece algo el hecho totalmente único del obispo como cabeza de una iglesia particular.

¿Hubiera admitido un San Agustín a un prelado viviendo en su misma ciudad, con su grupo de fieles adscritos a esa realidad? En la época de San Agustín, no hubiera habido problema en admitir bajo el obispo la existencia de abades, priores, superiores de grupos. Pero la existencia de un prelado con sus propios fieles que configuran, en la práctica, una diócesis paralela plantea problemas de arquitectura eclesiológica.

No es lo mismo una orden religiosa con una orden tercera de laicos casados, que una prelatura que se configura de forma perfecta como iglesia particular aunque para evitar la paradoja se le cambie la palabra: diócesis por prelatura. He visto como algunos sacerdotes se aferraban a la palabra, pero es una mera prestidigitación de palabras. La res es la misma con diferencias verdaderamente superficiales.

Claro que no me echo las manos a la cabeza, como si esto fuera inadmisible. De ningún modo. Aquí se habla de la conveniencia, nada más. El que exista una asociación de fieles con clero propio, regida por un superior-presbítero, tampoco supone una fractura de la autoridad episcopal en la diócesis. Pero si el superior de una asociación de ese tipo es obispo, la figura, autoridad y peculiaridad del obispo del lugar queda, sin ninguna duda, oscurecida.

Segundo problema. El primer problema tiene que ver con la naturaleza misa de la existencia de las prelaturas. Pero el segundo problema tiene que ver con el número. Cuando una realidad es buena, no hay ningún problema en que su número se multiplique. No hay problema en que se multiplique el número de monasterios o el número de asociaciones de fieles.

Ahora bien, ¿nos podemos imaginar una ciudad de 50.000 habitantes en la que hubiera diez prelaturas cada una con su obispo-prelado? Evidentemente, no. Y esto nos da una luz poderosa respecto al primer problema. Cuando una realidad está perfectamente encajada eclesiológicamente, no hay problema en su multiplicación. Cuando la multiplicación de una realidad es el problema, es que debajo hay una cuestión eclesiológica no resuelta.

¿Podemos imaginarnos a la Iglesia universal con cien o doscientas prelaturas personales con sus obispos? Por supuesto que sí, pero multiplicando por cien o doscientas veces las tensiones eclesiales internas relativas a la autoridad.

¿Con estas líneas estoy abogando por el cambio canónico del status del Opus Dei? Bueno, estoy reflexionando en voz alta acerca de esta cuestión, y de amigo a amigo. Yo acepto sin ningún problema la situación actual, pero me pregunto si es la más adecuada. Siempre me ha llamado la atención el por qué de una insistencia tan vehemente de la Obra en lograr el status actual. Es algo que siempre me produjo perplejidad. ¿Por qué el Opus Dei buscaba una situación canónica totalmente sui generis? Alegando que querían que hubiera más prelaturas, cuando esto planteaba tantos problemas que desde la aprobación del Código no se le ha concedido a nadie más.

La situación seguiría siendo sui generis aunque hubiera media docena de prelaturas. Y lo sería por la misma naturaleza de la institución canónica de la que hablamos. ¿El obispo de un lugar es cabeza sólo en un cierto criterio y no según todos los criterios? ¿Los fieles tienen dos cabezas episcopales?

Hasta ahora todos los problemas se han solucionado, porque el gobierno del Opus Dei desde su curia ha sido exquisito, de  una prudencia admirable. Pero esto no está asegurado in aeternum. Cuando se prueba la solidez de una arquitectura canónica es cuando esa estructura es sometida a tensiones. Imaginemos una prelatura personal que llegase a englobar el 25% de los fieles católicos. Imaginemos que una diócesis misional, los fieles de esa prelatura fueran el 90% de la población católica de ese territorio. ¿Hay alguna duda de que si ese prelado visitase esa diócesis sería recibido como un supraepiscopus?

No tengo una respuesta simple, aunque en este mi pequeño artículo parezca que estoy siendo muy contrario a las prelaturas personales. No estoy tan en contra como se podría suponer. Pero es un asunto que, a mi modo de ver, se debe resumir de esta manera: una prelatura es una realidad asociativa. Eso y sólo eso. La episcopalidad de su cabeza es una situación que no veo tan clara.

Dicho lo cual, podré mañana escribir acerca de la cuestión sobre la posibilidad de que les sea concedida a los lefevbrianos una prelatura. Pero para lo que diré mañana, era necesario escribir lo de hoy.

miércoles, agosto 17, 2016

Reflexionando sobre monseñor Fellay



















Varias webs se hacen eco de unas declaraciones de monseñor Pozzo acerca de que monseñor Fellay ha aceptado la solución de integrarse con sus sacerdotes y fieles como prelatura personal en la Iglesia Católica.

La noticia tal como se ha dado (breves respuestas de una entrevista) sigue sin aclarar demasiado el futuro. Se puede entender como una petición de ingreso ya inminente, o se puede entender como que si se integraran lo harían bajo esa figura canónica.

Yo creo que la opción optimista es la más probable sucesión de acontecimientos. Basta leer la carta del padre Schmidberger rector del seminario alemán de la sociedad, para darse cuenta de que cada vez cobra más peso la opción más razonable entre las personas más sensatas de la FSSPX.

Me alegraré de todo corazón de que ellos entren de nuevo en comunión con la Iglesia. Será vivir el retorno del hijo pródigo a casa. 600 sacerdotes cismáticos entrarán en el seno de la Iglesia.

Mantener la cohesión en ese magma inestable de fieles y sacerdotes ha sido una labor épica de sus superiores. Esa fraternidad sacerdotal siempre ha sido un compuesto químico volátil con evidente tendencia explosiva. Como masa de células aglutinadas, siempre ha estado a punto de sufrir cuatro o cinco mutaciones simultáneas.

Cuando la FSSPX afirmaba que querían seguir la ortodoxia, uno se preguntaba qué ortodoxia. ¿La del arzobispo Lefevbre que firmó todos los documentos del Vaticano II? ¿La del cisma dentro del cisma que encarnó Williamson? ¿La de la legión de sedevacantistas ávidos oyentes de infinidad de pseudorevelaciones? Por supuesto que los superiores de la fraternidad no seguían las ramas poco serias de los antepasados de la FSSPX: los desvaríos de los obispos tucistas (que eran un poco como la abuela loca de los fefevristas), ni la de los obispos veterocatólicos, que era la otra rama tradicionalista que acabó virando hacia el modernismo.

Por eso el tema de la ortodoxia ad internum era un tema tan indiscutible como delicado. Seguimos la ortodoxia. Sí, sí. La cuestión era qué ortodoxia. Ya no era la sana ortodoxia del coro de la Iglesia, sino la ortodoxia de uno u otro tenor; la letra estaba clara, “más o menos”, el problema era la música que acompañaba la letra.

Monseñor Fellay, indudablemente, ha sufrido una evolución intelectual, tal vez también espiritual. Lleva años viendo con clarividencia que el lefebvrismo abandonado a sus propias fuerzas (sin injertarse de nuevo en la Iglesia) iba camino de convertirse en una variante de la iglesia palmariana. De hecho, sus grandes luchas de los años pasados no han sido con Roma, sino con sus miembros tratando de mantener la barca lefebvriana en la región de las aguas razonables. Y eso ha sido muy difícil. Nadie le niega el mérito a Fellay.

Otro aspecto positivo es qué no cabe duda de que Fellay es mucho más inteligente que mons. Lefevbre. Intelectualmente no hay comparación entre los dos.


En cualquier caso, es muy posible de que estemos ante la feliz noticia de que este triste episodio de la división esté entrando en su recta final. Y eso me alegra profundamente; profunda y sinceramente.

martes, agosto 16, 2016

Una cuestión


Antes de escribir este post he estado viendo este vídeo:

Y mientras lo veía meditaba en lo que muchas personas religiosas piensan, que antes del pecado original no había luchas así entre los animales, que fue el pecado del hombre el que llevó el desequilibro a la naturaleza.


Para un evolucionista convencido como yo, esa tesis es un poco difícil de digerir. Pero sí que reconozco que hay algunos versículos en la Biblia que parecen ir en la línea de una armonía perfecta en el reino animal en el paraíso. Insisto, parecen. No son totalmente claros, cabrían otras interpretaciones.  En fin, sólo suelto la pregunta, la duda, mis dificultades. 

¿Fueron todos los animales vegetarianos antes del pecado de Adán y Eva? Me resulta muy difícil entender cómo eso pudo ser posible.

lunes, agosto 15, 2016

Que los arciprestes se conviertan en bendición de sus sacerdotes


Continuación del post anterior. En los presbiterios hay sacerdotes dedicados al gobierno de la diócesis (aunque sean también párrocos), otros dedicados la curia y otros dedicados a la teología. Eso sin contar con que unos se dedican a los enfermos, otros a los pobres, etc. Pero ¿quién se dedica a los sacerdotes?

Existe una tendencia a considerar que los tres o cuatro vicarios episcopales que suele haber en cada diócesis deberían encargarse de esta función descrita ayer. Pero una cosa es el gobierno, la organización, la autoridad de la jurisdicción, y otra muy distinta el acompañamiento paternal, el acompañamiento de la autoridad espiritual.

No sólo son dos cosas distintas, sino que en la mayor parte de los casos la autoridad de la jurisdicción estorba el otro tipo de acompañamiento, el de la autoridad espiritual. No es fácil abrirse al que manda. Eso es así en todos los ámbitos, no sólo en el ámbito eclesiástico.

Sólo podrá acompañar adecuadamente el que visita de forma regular y frecuente al sacerdote interesado. Este acompañamiento no es de dirección espiritual (salvo que así lo quiera el interesado), sino de acompañamiento ministerial.

La labor del arcipreste, por lo tanto, es sumamente delicada: decir las cosas sin ofender, decir las cosas sin exigir, acompañar sin obligar, muchas veces acompañar al que no quiere ser acompañado, visitar al que no quiere ser visitado, hablar con el que no tiene ningún interés en recibirte. Si ya es difícil la labor de un cura con un feligrés alejado de la práctica sacramental, ya no digo nada lo difícil que es la labor de un cura con otro cura.


Por favor, de nuevo les pido a los obispos que lean estas líneas: No dejéis solos a ningún sacerdote, ni a uno solo. Enviadles este tipo de ángeles.

domingo, agosto 14, 2016

Los arciprestes: la preocupación de Cristo por sus sacerdotes


Hay una cosa que a los obispos desearía pedirles de rodillas: que nombren sacerdotes que se preocupen del bien espiritual de los sacerdotes. Esta función la debería ejercer el arcipreste. Sobre esto ya he hablado en mi libro Colegio de Pontífices. Como tanto en ese libro, como en este blog, ya he hablado de lo que debería ser esta figura, no voy a repetir, otra vez, lo ya dicho. Pero hoy he vivido en primera persona un episodio presbiteral con un hermano que me ha impulsado desde lo más íntimo, casi como un grito del alma, a escribir unas líneas sobre el tema.

Por favor, os ruego que paséis este post a vuestros obispos y vicarios episcopales.

Sería tanto lo que tendría que decir, que voy a delinear esquemáticamente las ideas sin extenderlas explicándolas. Aclarando desde el principio que, como digo en ese libro, la figura del arcipreste no es la del director espiritual, sino que actúa siempre en el ámbito externo personal o ministerial.

Hay que partir del hecho de que ningún obispo puede hacer un seguimiento adecuado de todos sus sacerdotes. Si algún obispo cree que puede realizar tal cosa, viviendo algunos de sus presbíteros en lugares lejanos, y hablando con ellos, personalmente, una o cuatro veces al año, se equivoca. ¿Puede un párroco hacer un seguimiento de un sacristán que viviera a cuatrocientos kilómetros si ese seguimiento de su persona y ministerio se redujera a entrevistarse con él cuatro veces al año? Evidentemente, no. Pues, desgraciadamente, esto es lo que sucede en la mayor parte de las diócesis.

Hay que conseguir sacerdotes que sean faros, verdaderas figuras paternales, hombres de Dios que descollen como directores espirituales, y encargarles de sus hermanos sacerdotes.

El cargo de arcipreste se encomendaría a sacerdotes de cierta edad, conocidos por su celo, rodeados de la fragancia del buen olor de Cristo. En principio, cada arcipreste visitaría a sus sacerdotes, como mínimo, una vez cada dos meses. Si un arcipreste tiene encomendados a diez sacerdotes, de ahí la palabra decano, sólo tendría que visitar a cinco sacerdotes al mes. Si por proximidad, visitara a dos sacerdotes en una mañana, sólo tendría que dedicar dos mañanas al mes a esta tarea. En una mañana podría visitar a dos y en otra a tres. No es una labor agobiante.

Quizá habría arciprestes que tendrían a su cargo a catorce sacerdotes en un arciprestazgo, y otros tendrían a siete. Pero diez es un número muy adecuado. Y los arciprestazgos deberían tener en cuenta esta labor personal con los sacerdotes a la hora de hacer divisiones.

He hablado alguna vez con algún obispo y me ha comentado la dificultad de encontrar sacerdotes así. Me han dado gana de decirle: ¿En serio que en su diócesis no puede encontrar a diez sacerdotes que sean los mejores entre todos?

Estas figuras no pueden ser designadas por votación. Hay que consultar a todos. Y después volver a consultar a los mejores consejeros de la diócesis. Y tras meditarlo mucho, nombrar a las figuras que sean más incontestables.

El cargo de arcipreste no sería una función temporal de camino hacia otra. En principio, sería una función con vocación de estabilidad máxima. Sus ramificaciones en el clero requieren que un arcipreste sea como un árbol. Incluso, en muchos casos, lo normal sería, además, que el arcipreste acabara siendo de los curas más antiguos en el arciprestazgo.

A estos faros habría que esparcirlos por el territorio de la diócesis. habría que colocarlos en cada arciprestazgo, entre los sacerdotes, como un tesoro, como un ejemplo. Muchos de ellos fácilmente acabarían, de forma espontánea, convirtiéndose en confesores de sus hermanos.

La pregunta ¿quién se ocupa del sacerdote? quedaría de esta manera resuelta: de cada presbítero siempre se encargaría un sacerdote santo.

Del arcipreste se esperará que sea de una sinceridad absoluta en sus conversaciones con cada presbítero. Mi misión es señalarte tus defectos. Después tú haz lo que quieras.

El arcipreste le podría decir también: No estoy aquí para hacerme tu amigo. Tú escoges a tus amigos. A mí lo que se me ha encargado es conversar contigo acerca de aquello en lo que debes mejorar. Yo te diré lo que se dice de ti entre el clero, lo que yo perciba directamente, también lo que tus feligreses me hayan dicho.

El arcipreste debería recordar al presbítero que ni le va a imponer nada, ni puede hacerlo, ni desea hacerlo. Yo estoy aquí como hermano mayor tuyo.

Yo estoy aquí para recordarte que en el sacerdote el trabajo ministerial y la vida personal forman una unidad. Y que las deficiencias en el desempeño del ministerio, muy a menudo, tienen su raíz en problemas internos del presbítero.Vuelvo a recordar que el arcipreste sólo hablaría del ámbito externo, de los defectos externamente visibles: defectos muy pequeños, medianos o grandes. Pero esas cuestiones deben ser abordadas. Y precisamente si los defectos son graves, el arcipreste es necesario que el arcipreste actúe, pues ya se ve que la dirección espiritual (con quien la tenga) no está funcionando como remedio.

Con poco más de doce arciprestes, en una diócesis de 150 sacerdotes, no quedaría abandonado ningún capellán, sacerdote jubilado o temporalmente descansando por enfermedad. De esta labor paternal no quedaría excluido nadie. Hasta el vicario general o el secretario del obispo tendrían el arcipreste que les tocase por razón de su zona. No sería poca ayuda para un vicario episcopal que su anciano arcipreste le hiciera notar los defectos que el clero ve en él y las cosas que se dicen de él. 


Si vemos qué cosa tan grande es esta figura del Derecho Canónico, colocada entre el obispo y el presbítero, pero sin poder, entenderemos la urgencia que existe de revitalizarla.

viernes, agosto 12, 2016

Los sucesores de los doce apóstoles


Ayer, mientras preparaba la cena, puse la película Becket, otra vez. Desde la cocina, sólo la escuchaba. Pero no importaba, porque me la sé casi de memoria.

En un momento dado de los cinco o siete minutos que escuché, Enrique II le dice al arzobispo: ¡Estás loco! ¿No te das cuenta de que si atacas a mis nobles, me atacas a mí?

Esa frase golpeó mi alma. Pero la golpeó dada la vuelta. Es decir, como si el Rey de reyes le dijera a Enrique II: ¿No te das cuenta de que si atacas a mis obispos me atacas a mí?


Los obispos de España, formando un colegio, formando una unidad, están bajo ataque. No hace falta decir que yo estoy con ellos sin fisuras. 

jueves, agosto 11, 2016

Cuando los políticos hablan de los obispos


He leído en los periódicos y he escuchado en un vídeo las supremas declaraciones de la inefable Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, respecto a mi obispo y a otros dos obispos. Y de todo este asunto sólo tengo una pregunta que hacerle:

Señora Cifuentes, ¿por qué con los años se le está poniendo la misma cara que a las brujas de la factoría Disney?

Ésa es la única cosa que me interesa. Porque, cuando le han preguntado los periodistas, todo lo que ha dicho usted acerca de mi obispo era paja y más paja. Había paja en su rueda de prensa como para alimentar a tres rebaños de ovejas y uno de cabras. Le aseguro que de pura vaciedad que contenían sus argumentos hasta me ha llegado a interesar su comparecencia.


Aunque no todo era vaciedad. Cuando ha hablado de los fiscales, así, como quien no quiere la cosa, sin quererlo ha emulado usted los mejores momentos de Corleone y esa oferta que no se puede rechazar.

Yo, ya sabe usted, que nada tengo que decir contra su ley transgénero. Como todo el mundo sabe, la ley que usted ha aprobado es la mejor del mundo. Jamás se me ocurrirá criticar esa ley, porque ya conoce el dicho: Cuídeme Dios de los amigos, que de los enemigos ya me cuidaré yo.

Pues en su caso se puede decir con toda verdad: Cuídeme Dios de sus fiscales, que de criticar esa ley ya me cuidaré yo.

miércoles, agosto 10, 2016

Con el Papa y con los Papas


Una persona me regaló hace años el CD titulado Alma Mater, music from the Vatican. En la primera pista se puede escuchar música mezclada con palabras de Benedicto XVI:


¿Por qué digo esto? Pues porque el efecto de las palabras tranquilas del Papa alemán mezcladas prueban tener un ritmo admirable que se realza con la añadidura de música. El efecto, desde la primera vez que las escuché, resulta impresionante.

Fue entonces cuando comprendí la melodía de los sermones del Papa. Creedme que eso no se puede hacer con todas las palabras de cualquier sacerdote u obispo. Su voz, exactamente la suya, desprendía una ternura que nunca había captado.

En Roma el Espíritu Santo me enseñó a amar a los Papas como nunca lo había hecho. Alejaos de los falsos profetas. Siempre con Pedro y bajo Pedro. Hay que pedir a la Virgen que nos ayude a querer más al Papa Francisco, porque hay lobos que quieren defender la Iglesia a base de dentelladas. Alejaos de la mala semilla, de los sembradores de la división. Cum Petro et sub Petro. Con Pedro y bajo Pedro.

martes, agosto 09, 2016

Cómo confesarse tras cuarenta años sin hacerlo


Alguien podría pensar que hacer una bien hecha, es decir, una confesión íntegra, y, por lo tanto, con la materia, número y especie de los pecados graves, requeriría de una hora por lo menos. No es así. Aquí pongo un ejemplo hipotético de una confesión tras decenas de años sin recibir las aguas purificadoras de ese sacramento.

Ave María Purísima.
Sin pecado concebida.
Padre, me confesé hace cuarenta años y me acuso de los siguientes pecados:

-He dudado de la fe algunas veces.

-Me he enfadado con Dios, en un par de ocasiones.

-Le he faltado el respeto a Dios alguna rara vez contando chistes acerca de Él.

-He dicho en estos años tres o cuatro blasfemias, pero sin pensar plenamente lo que decía.

-He faltado a misa dos terceras partes de los domingos.

-Cuando he ido misa, en los primeros cinco años, comulgué en pecado mortal.

-No he visitado a mis padres todo lo que he debido.

-Varias veces me he enfadado con mis padres al hablar, hablándoles con acritud o levantando la voz.

-He odiado a varias personas durante largas temporadas y les he deseado el mal.

-He tenido relaciones sexuales de forma regular con varias parejas durante todos estos años.

-En todos estos años, me he masturbado. Dado que he tenido pareja, la media habrá sido un par de veces al mes.

-He visto pornografía. Dos o tres veces al mes.

-He tenido pensamientos y deseos impuros al ver a las mujeres de forma habitual.

-En estos años, he practicado pequeños hurtos. Entre todos ellos unos 200 euros.

-He mentido, pero mentiras que no han hecho daño a nadie.

-He sembrado discordia entre compañeros de trabajo. Pero lo que he dicho era verdad.

-He consultado regularmente el horóscopo.

-Una vez fui a que me echara las cartas un tarotista.

-No he guardado, practicamente nunca, los ayunos y abstinencias de carne mandadas por la Iglesia.

-Me he emborrachado una media de una vez al año.

-He probado el cannabis unas cuatro veces.


Éste es un ejemplo de cómo podría ser una confesión bien hecha en la que se repasan los pecados de más de cuarenta años. Haciéndola así, no se tarda más allá de un par de minutos. 

lunes, agosto 08, 2016

Éste es un blog maternal que no quiere que abuséis del colesterol


A mí, personalmente, me da un poquito de asco el paté. Me encantaba de niño, antes de ser consciente de que es el hígado de un animal. Pero desde que lo supe, me sentí incapaz de seguirlo comiendo.

Por eso hoy a todos los lectores del blog que no sepan qué poner sobre el pan (recordad que la mantequilla es un fabrica viudas), os sugiero que hagáis paté de aceitunas para tomar con una tostada finita o un cracker.

Se trata de mezclar ciertos ingredientes según os gusten y batirlos con la batidora. Por ejemplo, aceitunas (las negras dejan un color muy bonito), aceite, hierbas aromáticas y un cuarto ingrediente: pueden ser alcachofas o humus. Añadir un poco de sal también es recomendable.


Otros patés pueden tener un poco limón o un ajo o tomates secos. Si uno tiene albahaca fresca, el éxito está asegurado. No se trata de mezclar cuantos más ingredientes mejor. Sino de escoger cuatro o cinco cada vez.

Llegará el día, en el mundo futuro de la ciencia-ficción, en que con hacer un click podréis probar estar recetas que os doy, pillines. Pero, de momento, tendréis que hacerlas vosotros mismos. Mañana tal vez os de otra receta. Una receta teológica a algún problema eclesial.

domingo, agosto 07, 2016

La vergüenza invencible al confesarse


Hay personas que, al tener que confesar pecados muy vergonzantes, sienten como si hubiera un muro que les impide hacerlo. Preferirían hacer una peregrinación de cien kilómetros antes que tener que confesar cara a cara determinadas acciones que les humillan de un modo terrible y espantoso.

Los pastores deben ser paternales con este tipo de personas que llevan estas cargas sobre sus conciencias. De manera que en cada ciudad, al menos, debe haber un confesionario donde en vez de rejilla haya una plancha con agujeros que haga totalmente imposible ver a la persona que se confiesa. No sólo eso, sino que la persona debe poder arrodillarse en el confesionario sin ser visto al acercarse, y sin ser visto al alejarse. En la ciudad de Alcalá de Henares donde resido este confesionario existe en tres iglesias. Y en una de esas iglesias, ese confesionario cuenta con siete confesores fijos que se turnan cada día de la semana desde las 22:00 a las 23:00. El vidrio de la puerta del sacerdote no es transparente, de forma que no ve quien entra o sale del confesionario.

Con esta medida, la inmensa mayoría de los fieles pueden resolver el problema de la vergüenza. Aun así, hay casos más raros en los que la vergüenza puede convertirse en una obstáculo invencible. Para esos casos, verdaderamente muy raros, lo mejor es llamar por teléfono, de forma anónima, a un sacerdote de la ciudad y comentarle este problema. En muchos casos la conversación telefónica bastará para que el penitente cobre confianza y pueda acercarse a un confesionario del tipo antes citado.

Pero si la vergüenza de decir los pecados continuara siendo algo insuperable, en estos casos, el penitente y el sacerdote pueden quedar un día en el confesionario para entregarle los pecados escritos de un modo claro y breve. En el confesionario de Alcalá que he mencionado, es posible que el penitente corra la portezuela de la pantalla un poco, unos milímetros, para deslizar una hoja.

La confesión escrita, preferiblemente, no debería exceder más allá de una hoja como máximo. Mejor si se da impresa, para poder leerla con más claridad.

El sacerdote dará los consejos, la penitencia y la absolución sin necesidad de cruzar ninguna pregunta al penitente. En este caso hacer preguntas sería contraproducente. Esa confesión es perfectamente posible en casos de verguenza invencible, puesto que a los sordos y a los mudos siempre se les ha permitido hacer la confesión por escrito. Y un caso como el descrito se asemeja en todo al caso de imposibilidad por cuestiones físicas. La imposibilidad psicológica puede ser tan real como la física.

La norma general es que la confesión debe hacerse de forma oral, es decir hablando. Pero, ante una situación de extraordinaria tensión por parte del penitente, se puede hacer lícitamente del modo que he dicho. Habiéndo llamado previamente por teléfono a un sacerdote, éste le dirá en qué confesionario resulta posible deslizar una cuartilla de papel por la rejilla y cuando pueden quedar para ello.


Lo que sí que no es posible es confesarse por teléfono. Uno puede confesarse incluso con intérprete, si no desea esperar a tener un sacerdote de su lengua. Pero por teléfono no es posible.

sábado, agosto 06, 2016

Estadísticamente siempre hay alguno que cae en la red


Hace unos días recibí un email de un chico joven que tiene fe, que cree en la Iglesia. El problema es que comenzó a ver vídeos de un sujeto de Estados Unidos que le convenció de que una conspiración secreta de los illuminati se hizo con el dominio del Vaticano.

El problema de estas historias de conspiraciones es que, al final, se acaba creyendo más a un determinado autor que a la Iglesia. Basta que ese autor diga que la Iglesia está infiltrada de masones para que alguien ya no confíe en la Iglesia. Y así se confía más en un desconocido que en la Santa Iglesia que fundó Cristo como portadora de la Verdad.


Francamente, me dio mucha pena. A veces nos reímos de ciertos vídeos de complots y conspiraciones eclesiásticas, pero nos olvidamos que siempre hay alguna que otra persona que los cree. Y así alguno acaba creyendo a Youtube más que a la Santa Iglesia que Cristo fundó.

viernes, agosto 05, 2016

Obligación de confesar la materia, número y especie: un intento de interpretar la mente de la Iglesia


Los concilios universales expresan la verdad de Dios, pero no siempre la expresan de la mejor manera. En la Palabra de Dios Dios expresa lo que quiere del modo que quiere. En el Magisterio de la Iglesia se expresa la verdad, pero, en algunas ocasiones, de un modo mejorable. Pues el modo de expresión en una determinada época puede ser oscuro, incluir ambigüedades o ser incompleto.

En la Palabra de Dios la verdad es expresada de un modo perfecto, el de Dios. En el Magisterio se expresa la verdad, pero no siempre de un modo perfecto. Dicho de otro modo, el Magisterio no es Palabra de Dios, sino palabra de hombres inspirada por el Espíritu Santo.

Eso, en mi opinión, ocurre en el Concilio de Trento cuando los teólogos redactaron el capítulo referente a la confesión e insistieron en que la confesión de los pecados mortales debía ser obligatoriamente de la materia, número y especie. En definitiva querían decir eso, aunque la redacción del capítulo da una impresión de todavía más rigor y exigencia por la redacción.

¿Realmente debemos obligar a los fieles a confesar los pecados en materia, número y especie? Durante años he visto como los sacerdotes más laxos se saltaban sin escrúpulo y siempre esta prescripción de Trento. Mientras que los sacerdotes más tradicionales exigían la confesión bajo este triple aspecto.

Después de años de confesar y de darle vueltas, creo haber llegado a algunas conclusiones que sostengo con buena fe. Conclusiones a las que parecen haber llegado mis colegas de  la diócesis y de todas las diócesis.

A juzgar por Trento, por la praxis de la Tradición y por algunos aspectos más, en los que no voy a entrar por no alargarme y porque son argumentos algo difusos, la voluntad de Cristo era que el sacerdote se hiciera una idea de los pecados del penitente, para perdonarle en el Nombre de Dios. Es decir, no basta con arrodillarse y decir he pecado y recibir la absolución. Jesucristo quería que los penitentes pusieran los pecados en manos de los Apóstoles, y que ellos les dieran el perdón de Dios. Tal ha sido la praxis mantenida y conservada en la Iglesia.

Ahora bien, lo que dice Trento es el modo ideal de confesarse. Es como si el Concilio dijera: teniendo un individuo la ciencia teológica suficiente, uno debería confesarse así. Alguien objetará que el concilio dice que ese modo es obligatorio. Pero esa palabra ciertamente requiere exégesis: es obligatorio si uno tiene una ciencia teológica suficiente. No es el mismo modo en el que se confiesa un campesino analfabeto que una monja. Un adolescente no se confiesa con el mismo conocimiento que un presbítero.

Alguien insistirá en que obligatorio es obligatorio. Pero si tenemos la ayuda de la exégesis para leer la Sagrada Escritura, ¿por qué no va a haber una exégesis para interpretar el Magisterio? Cuántas veces dice la Biblia que los que hacen tal o  cual cosa no se salvarán. No negamos el versículo, pero requiere intepretación. Lo mismo con el Concilio de Trento.

En la catequesis hay que enseñar a los niños que la confesión perfecta de los pecados graves es:
         -Me he emborrachado (materia).
            -Tres veces (número)
            -Fue dentro de una iglesia (especie agravante, en este caso sacrilegio).

Esto es una confesión breve y perfecta. Así se debe hacer y así hay que enseñarlo en la catequesis. Ahora bien, querer exigir que el sacerdote saque a la fuerza todas las materias, números y especies a todo el que venga a confesar pecados graves es torturar al sacerdote, someter a un duro interrogatorio al penitente, y hacer desagradabilísimo este sacramento tanto al ministro como al penitente.

He leído y meditado los libros tradicionales para confesores durante años y más años. Y ahora, sin temor de caer en el laxismo, sin temor de desobedecer a la Iglesia, puedo afirmar con claridad que esos libros eran una repetición automática de Trento sin exégesis alguna. La intención era buena, albergaban el temor a decir algo que pareciera que era una corrección a un concilio. 

En esta tradición de repetición fidelísima a Trento, se inscribe el punto 988 del Catecismo de la Iglesia Católica:

El fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente.

No lo niego, pero eso requiere una interpretación y una adaptación al penitente, no una aplicación automática por sistema. No es una obligación absoluta. También tenemos obligación de dar gloria a Dios, o de honrar a nuestro padre y nuestra madre. Si creyéramos que es una obligación absoluta la de dar gloria a Dios, ¿cuando no estoy dando gloria, estoy pecando? ¿Si no honro a mi padre, estoy pecando mortalmente? Evidentemente, no. Ambas cosas son obligatorias, pero hay que interpretar esa obligación.


De lo contrario, como tantas veces a ocurrido, por querer hacer las cosas bien, acaban haciéndose mal. Por fijarnos en el modo ideal de hacer las cosas, muchas veces hemos hecho sufrir al penitente en el momento que venía arrepentido. Hemos añadido sufrimiento en el momento en que venía doliéndose.